Joker, genial empatía

Por  Danielopski

joker

“Nuestro país (EUA) está con una desesperanza profunda, un maniaco corrupto de Queens tiene acceso a códigos nucleares, pero por alguna razón es una película de lo que deberíamos preocuparnos”.

Michael Moore

Resulta imposible no hacer un vínculo entre la ficción y la realidad. ‘Joker’ es un punto de vista acerca de lo humano, también de la sociedad. La cinta narra el desbordamiento de un demente. Heath Ledger cautivó en 2008 con su interpretación, y con su muerte se convirtió en el mejor Guasón de todos los tiempos, quizá hasta Joaquín Phoenix, que interpreta una nueva versión, también fantástica, que hizo que el conservadurismo norteamericano tachara a la cinta de irresponsable: en un país lleno de dementes cómo se les ocurre dar ideas.

En el terreno de la ciencia ficción se le está dando otro lugar a la moral, a las leyes, al poder. Pienso en ‘el Profesor’, el genio (de ficción) que ideó el atraco a la casa de moneda en España en la serie ‘La casa de papel’, que junto con su hermano ‘Berlín’, lograron imprimir casi mil millones de euros. En un diálogo magistral que tienen el Profesor y la inspectora Raquel Murillo, quien se ha enamorado de él y que lo ha descubierto como el orquestador del atraco, él le dice: “en el año 2011 el Banco Central Europeo creó de la nada 171,000 millones de euros igual que estamos haciendo nosotros, solo que a lo grande: 185 mil en 2012; 145 mil millones de euros en 2013. ¿Sabes a dónde fue a parar todo ese dinero? A los bancos. Directamente de la fábrica a los más ricos. ¿Dijo alguien que el Banco Central Europeo fuera un ladrón?”.

Tanto en La casa de papel como en Joker, resulta imposible no generar empatía con quienes tendrían que ser “los malos”. Estas producciones, la serie y la película, muestran la putrefacción del capitalismo, que en todos lados deja un saldo negativo, entonces volteo a ver a México y su violencia.

Tendríamos que reconstruir esa historia de violencia y verla desde otro ángulo —uno más singular donde hablemos de microhistorias, de historias personales— para poder descifrar cómo fue que llegamos a esos niveles de criminalidad donde las formas son brutales. De nada sirve ya la estadística y lanzar diagnósticos que estimulen únicamente estrategias policiales. Apostarle a la militarización es seguir por la cerrazón. Habría más bien que voltear hacia quienes descargan su furia interior contra el semejante, y ahí encontrar, quizá, el resumen de la historia del capitalismo, las consecuencias de la corrupción y el entendimiento del poder como forma de sometimiento.

La evolución humana no tendría que tener otro fin que el de apaciguar nuestros instintos violentos, y esa transformación —que de por sí parece imposible— no se dará en medio del capitalismo. Joker es una representación artística de la decadencia de todos los engranes de la sociedad. En el mundo real podemos pensar que todos hemos fallado: sistemas educativos que promueven la competitividad sobre todas las cosas, que promueven la productividad y el consumo incesante a costa del medio ambiente, el mal uso de los poderes en beneficio de clases dominantes; y ante ese panorama, la ficción de Todd Phillips, nos permite sentir empatía por las víctimas, que a la vez son los villanos, pero si hablamos en términos de buenos y malos, no existen los primeros pero sí los segundos: son quienes dirigen las instituciones democráticas, los que manejan el sistema financiero y los que han dejado a millones en la calle, ellos, todos, son los malos de esta historia que impera a nivel planetario

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