Tu cotidianidad vista desde Heidegger

Por Ramsés Oviedo

Para M

Darnos cuenta de que la cotidianidad es más que el día a día, la tragicomedia humana que se llena de escenarios estrambóticos, o incluso la reyerta magnífica para atisbar novedades vitales, es equivalente a un acto de conciencia filosófica sobre nosotros mismos. Bueno, esto es en realidad un planteamiento que no apantalla a nadie pero, hablando en serio, es el rudo y acicalador tema de los más de 7 billones de terrícolas: ¿qué es eso que llamamos cotidianidad y por qué nos pesa tanto?

Tal análisis es quisquilloso, pero a través de un peritaje filosófico puede que cambie nuestra perspectiva. Partiendo del hecho de que Martín Heidegger dejó una filosofía formulada con contundencia y genialidad metodológica (además de cuadernos negros bien guardaditos y decisiones políticas muy cuestionables), es que nos gustaría retomar un tema que a todos nos pega –en soledad o en colectivo– y que toca en su obra Sein und Zeit (1927): ¿cuál es el fundamento por el cual estamos abiertos al mundo?

No está de más decir algo sobre la historia del concepto de «cotidianidad» en las parcelas filosóficas. Aquí podríamos apuntar que su acta de nacimiento está en los griegos y que poco a poco fue conceptuándose desde la idea de «mundo» de Kant, Schelling, Herder, Humboldt, pasando por Dilthey y Avenarius, hasta lograr su pleno reconocimiento con Heidegger. Por supuesto, muchos podrán impugnar esta visión por eurocéntrica, pero se impone el hecho de que Heidegger mostró un alto entendimiento de la cotidianidad, visto en el sentido de que teorizó los caracteres esenciales que posee la cotidianidad del ser humano, que es algo que encontramos a lo largo y ancho de la primera parte de la primera sección del capítulo V de Ser y Tiempo. A esos caracteres esenciales los llamó existenciarios. Y no hay más intención en este escrito que ahondar un poco en ellos.

El primer existenciario del ser cotidiano lo constituyen las habladurías (Gerede). Como forma de interpretar el mundo, designa una forma de ser en el mundo del «se dice». Para Heidegger esta interpretación se regula por los enunciados que se proponen como verdad. Sin duda, por mucho que la comprensión de los entes sea lingüística, mediante expresiones articuladas, el discurso no tiene un «ahí» transparente a la verdad. Quizá por eso Heidegger destaca que hay una tendencia «en llevar al que escucha a una participación en el estar vuelto aparente hacia lo dicho en el discurso». O en otras palabras: no se comprende el discurso visto desde quien habla sino en cuanto a lo hablado. Igualmente por esto las posibilidades afectivas del ser humano se desgarran por lo que comprenden.

Pero ojo: el «habla» no debe minusvalorarse porque –al menos para Heidegger– es el fundamento del lenguaje. Siempre el hablar garantiza su «autenticidad» en transmitir y repetir lo que se habla. Sí, azora pensar que ese repetir tiene presencia pública, publicidad entera, pero es un hecho que está desamparado de fundamento. Porque las habladurías oscurecen todas las cosas. Qué curioso: tal obstrucción caracteriza el ser cotidiano del ser humano dado que el significado de las habladurías radica en la desgarradura que producen con el propio «ser-en». No es gratuito que la posibilidad de estar desarraigado sea una especie de apertura del que comprende el «mundo». Y el desgarrón está ahí: en que nuestra cotidianidad, orgullosa y cumplidora, rezuma de habladurías que vienen de todos lados.

El segundo existenciario del ser cotidiano radica en la curiosidad (Neugier). Esto da importancia a la visión. Heidegger concibe el «ver» como la apropiación de las cosas gracias a la cual el ser humano supone un horizonte de posibilidades de ser para su comportamiento. Como el «ver» es la tendencia perceptiva para encontrar el mundo, entonces atengámonos a las consecuencias: porque ser en el mundo implica una «cura» (Sorge) del propio mundo que vemos. Por eso la avidez de novedades arropa y persigue. Lo que anticipa que, por «curarse de», se busca abandonar al mundo.

Este existenciario es triple: la inmediatez no le interesa (el mundo circundante no debe demorar), la admiración no le va de suyo (hay distracción por nuevas posibilidades) y está en todas partes y en ninguna (cunde la falta de paradero). Es manifiesto eldesarraigo constante de la existencia. Por ejemplo, la falta de paradero suscita la fuerte experiencia de la inhospitalidad, la cual, como expone Carlos Redondo, «refleja una situación en la que lo familiar se ha derrumbado, con lo que no ayuda a intensificar la fuerza del mundo proyectado, sino a ponerlo en cuestión».

Si este fenómeno secunda la existencia, es porque la inhospitalidad persigue permanentemente al ser humano, a tal grado que amenaza la serenidad y potencia la angustia. Así entraña una tensión con algo que no se está tan a gusto y es el sentimiento de «caída» (o estar arrojados al mundo).

Por último, la ambigüedad (Zweideutigkeit) es el tercer existenciario que subyace y distorsiona el vivir cotidiano del ser humano en cuanto arrojado al mundo. La razón es que la apertura pública del ser humano es ambigua en su «ahí», donde reina precisamente la más bulliciosa habladuría, allí donde todo sucede y donde –dirá Heidegger–, en el fondo, no sucede nada. Y esto solivianta: pues la ambigüedad del ser humano, en el ámbito las relaciones interpersonales, puede generar de una existencia «inauténtica», todo lo contrario al camino de la existencia auténtica. ¿Cuál es esa?  Es la que, términos de decisión y compromiso, no supone el desvelamiento del ente en cuanto tal (búsqueda atronadora de la filosofía heideggeriana); es desafiante.

No obstante, gracias a la ambigüedad se pueden rastrear sospechas. Pues la sospecha, que lidia con la ambigüedad, obliga al ser humano a curarse del interés público creado para él (por instituciones, costumbres, moralidades, &c.).

Sé que, para quienes han sufrido las marañas de la cotidianidad, a veces es imposible hablar de sí mismos. Pero hay que darle derecho de audiencia a la ontología existenciaria de Heidegger más allá del lugar donde la filosofía es una especie de popurrí popular. Todo lo dicho invita a poder ser genuinamente con las posibilidades del mundo. El chiste es posicionarse en la cotidianidad propia. Finalmente, si de lo que se trata es de filosofar desde el temple de ánimo, ahí hay una clave: la cotidianidad, que es precisamente un encontrarse donde la filosofía plantea la cuestión del ser en sus múltiples escabrosidades.

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