Venom: el parásito fue solitaria

por Juan José Rojas

Debo empezar por hacer una aclaración: disfruté Venom; y la disfruté porque entré a la sala sin ninguna expectativa de la película. Ya había leído las reseñas de El Clarín y El País; ambas, en mayor o menor medida, hablaron de una película sin cuerpo y repleta de clichés.

En su ensayo Algunas mentiras del periodismo, la escritora y periodista argentina, Leila Guerriero, escribe que “no hay lugar más aburrido que el lugar común”. Venom (dirigida por Ruben Fleischer) cayó en esos lugares comunes, lo que hizo —ironicamente— que la película se alejara un poco de la aburrición, fue su confusión de géneros.

En medio de una trama atolondrada, la película del simbionte comienza con tintes de ser un largometraje de horror, en la que, incluso, hay algunos lapsos que mantienen en suspenso al espectador. Sin embargo, esto solo dura unos minutos. Venom traslada sus confusiones narrativas a la comedia, luego a una película de héroes y mata —hay que decirlo así— la esencia de uno de los villanos más exitosos del universo Marvel.

Fue McFarlane quien creó al personaje que apareció por primera vez en Marvel Super Heroes: Secret Wars #8 en diciembre de 1984. El simbionte, potente y alérgico al ruido, encontró en Eddie Brock, un periodista que atraviesa una crisis existencial, el hombre ideal para desarrollarse dentro del mundo de los humanos.

El periodista del que hablamos es interpretado por Tom Hardy, reconocido antagonista con cierta experiencia en el género de los cómics tras darle vida a Bane en la útima parte de la trilogía de Batman (dirigida por Christopher Nolan): The Dark Knight Rises. Que Venom no sea un rotundo fracaso, se debe en gran medida al carisma del actor.

Y es que nunca alcanza una cohesión directa en género y guion. La fragmentación de dos personalidades que habitan en un solo cuerpo sería —pudo ser— la cola de ratón para crear diálogos con sustancia, profundidad y fuerza, pero esto no sucedió en Venom. Por el contrario, las conversaciones entre Brock y el simbionte son bochornosas, ampulosas y, sobre todo, predecibles.

Fue el mismo Hardy quien aclaró que se quitaron algunas escenas para que los menores de edad pudieran entrar a la sala. “Hay cosas que no están en esta película. Hay como 30 o 40 minutos de escenas que no están. Escenas con muñecos. Escenas de humor negro. ¿Sabes lo que digo? Simplemente no entraron”, explica el actor estadounidense, esto supone que hubo un Hardy al cual no vimos en la pantalla, un guion que jamás se exhibió: una deuda con el público.

Venom no logró ser esa película llevada con claridad y alternativas en la historia, que pudiera ser para un público adulto (el ejemplo más próximo de un éxito así es Logan), de guion armónico, cohesivo y coherente. Sin embargo, se nota cierta naturalidad de parte del protagonista, tanto Venom como Eddie Brock son personajes que exageran en cuanto a su construcción; todo lo contrario de Michelle William, quien sufre al interpretar a Anne Weying, no necesariamente es culpa de la actriz; los escritores Scott Rosenberg, Jeff Pinkner, Kelly Marcel y Will Beall (sólo una mujer), caen en los estereotipos clásicos que enrrolan a las mujeres dentro de un papel secundario, plano y sin propósitos de autenticidad.

El tema de género —cada vez más presente en Hollywood — se ejemplifica con la visión que dan los guionistas, ortodoxa, conservadora, discriminatoria y amarrada en cuanto al desempeño de la mujer en la historia de superhéroes —o villanos, como en este caso —. Dentro de sus posibilidades, Michelle William interpreta un personaje que desde el guion ya limitó su trabajo, si cambia de película, cumpliría exactamente el mismo diálogo con casi los mismos roles. Se debe cambiar la perspectiva en ese sentido.

El parásito fue una solitaria que rondó por el cuerpo de la película para tragarse toda posibilidad de nuevo ritmo narrativo, los brincos de género se consumieron cada determinado tiempo; pero no hay que alarmarse, sería exagerado decir que es una piltrafa, el largometraje tiene su carácter, quizá su hibridación sea esa característica —pesimista, sí— que lleva de la mano a dos personajes los cuales, en sus diálogos, nos quedaron a deber. Entonces, Venom hay que verla sin expectativas, el gusto dependerá del espectador, prevenir el ojo clínico, o mejor guardarlo, pues como dijo un buen amigo: “Es 100 por ciento dominguera”, y eso es cada vez más difícil de conseguir a estas instancias del siglo XXI.

 

 

 

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