El poliamor en el futbol

Defendemos –con toda lógica– que alguien pueda amar a personas de sexos distintos pero nos escandalizamos si se declara al mismo tiempo hincha de River y de Boca.

por Pablo Cheb/ UN CAÑO

Hay que ser bastante retrógrado o bastante imbécil para tildar de antinatural a una persona que declara, por ejemplo, que le gustan al mismo tiempo los hombres y las mujeres. Que tiene sexo con hombres y mujeres, y forja relaciones amorosas con hombres y mujeres. ¿Por qué condenar esa conducta que sólo otorga más posibilidades para obtener placer, para obtener amor? Yo amo a quien deseo, independientemente de su género, porque lo que me enamora trasciende la apariencia y la genitalidad. Y en mi libertad no molesto a nadie. Sólo elijo. El poliamor le gana al poliodio. Por suerte, y con mucho trabajo, en nuestra sociedad viene ganando espacio la tolerancia y la aceptación en ese terreno.

En cambio en el fútbol, elemento ultraconservador siempre a la retaguardia de los cambios sociales donde todavía se insulta a una hinchada rival cantando que “son todos putos”, el poliamor está mal visto. No solamente es condenado: resulta incomprensible. Un hincha puede ser de River o puede ser de Boca. Pero no puede ser de River y de Boca. ¿CÓMO VA A SER DE RIVER Y DE BOCA? Mirá, yo amo a quien deseo, independientemente de lo que vos pienses de mí. Y en mi libertad no molesto a nadie. Sin embargo, no: en el mundillo futbolero esto resulta inaceptable.

El panorama es bastante sencillo y se verifica constantemente. Una pareja amiga, sin ir más lejos, está por tener un hijo. La embarazada es fanática de River y su novio es enfermo de Boca. Y cada uno de ellos quiere que su hijo hinche por el club de sus amores. Competirán por ver quién le insufla su pasión. Tratarán de llevarlo a su tribu particular, y a mirar de reojo al otro. Ninguno osaría juzgar a su pibe si llegara a ser bisexual (“Mientras sea feliz…”), pero a la hora de elegir cuadro sí le pedirán jurar fidelidad por un único club. El propio, por supuesto. O el del otro. Pero uno solo, claro, no vaya a ser cosa. Ni siquiera con la religión se mantiene ese nivel de exigencia en la crianza: él judío y ella católica, no han gastado un segundo en preguntarse si criarán al niño en la fe o en cuál. Sí ha surgido, en cambio, el detalle de si será gallina o bostero.

¿Por qué no, mejor, invitarlo a alentar por las dos camisetas? Tendrá más momentos de disfrute, más partidos para extasiarse, para sufrir, para vivir.  Tendrá más títulos pasados para revisar, más variedad de ídolos. Más jugadores célebres para revivir en video. Tendrá más posibilidades de ir a la cancha, con los padres o con sus grupos de amigos y amigas, tanto de River como de Boca. Y cuando llegue el Superclásico… bueno, será un neutral, que gane el mejor. Alegría garantizada. Como festejar la Navidad y Rosh Hashaná.

Ser hincha es una construcción cultural. Tanto como el género o la religión, si a eso vamos. ¿Qué pasaría si un hincha se deconstruyera? ¿Si armara su propia construcción contracultural y fuera hincha de dos equipos al mismo tiempo? ¿Cómo caería en la tribuna? El diagnóstico es fácil: le dirían pechofrío. Cuestionarían su rigor. Dirían que no es hincha de ninguno. Que no le gusta en realidad el fútbol. Algo así como decirle a un bisexual que si coge con tipos es porque las minas no le gustan tanto. O no le gusta tanto el sexo. Una boludez.

En pleno siglo XXI derribamos barreras del prejuicio:  podés ser homosexual, hétero, trans, cis género, podés elegir la profesión que te guste sin la presión de tus viejos progres, ya no es ingeniería o arquitectura, medicina o farmacia. ¿Querés ser músico? Dale. Y estudiá también teatro, y un poco de programación, finanzas o el traductorado de inglés. Hay que estar preparado. ¿Ateo? No hay problema. Incluso sacate la doble nacionalidad. Ahora sos italiano. O Español. Total la Patria es el otro, qué son las fronteras más que líneas punteadas en el mapa. Pero no podés ser de River y de Boca. Eso no. Poliamor sí, pero boludeces no. Es el último ámbito de la vida en que hay condena unánime. Ganamos terreno en todos lados en cuanto a libertad de elección plural, salvo en éste.

Imaginen hasta dónde llega el dogma, que en la película El secreto de sus ojos se afirma que “el tipo puede cambiar de todo. De cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión”. Y están hablando del equipo del que es hincha. Esto es completamente ridículo. Conocemos muchísimos casos de gente que cambió de cuadro, pese al tufillo a traición que esto despierta en la cabeza de los fundamentalistas. Pero ni siquiera hablamos de eso, sino de un caso mucho más extremo y más infrecuente. Inusual hasta el punto de lo exótico: alguien que sea genuinamente hincha de dos equipos al mismo tiempo.

No nos referimos -obviamente- a quienes siguen a un club del ascenso y a uno de Primera. O de los que se declaran fanáticos de un equipo del exterior (léase: Barcelona, por ejemplo) mientras alientan a su conjunto local. Eso lo vemos seguido y está más bien aceptado (lo cual resulta más ilógico todavía, ¿por qué una cosa está bien y la otra está mal?). Hablamos de equipos que son rivales entre sí. Que son antinómicos (es decir, antinómicos sólo porque así lo marca la convención y la tradición, como marcaba hace años que no era natural ser gay).

La verdad, parece imposible que esto pase porque una buena parte de la identidad del hincha argentino actual incluye el odio al rival. Si soy de River, debo querer que Boca pierda, que le vaya mal, que se lesionen sus jugadores y echen a su DT. Si soy de Boca, lo mismo a la inversa. Y estoy obligado a regodearme en el descenso histórico y cualquier tragedia deportiva, mientras más grave mejor. Además en ambos casos tengo que buscar características nocivas del rival. Que los árbitros lo favorecen, que su presidente es macrista, que los jugadores se dopan, que no alientan lo suficiente, que se van antes de los partidos. Cualquier tontería que me diferencie del otro. El feo. El distinto. El enemigo.

Eso, particularmente, nos resulta inexplicable. ¿No es mejor querer a muchos, buscar los puntos comunes y la unidad, que construir la identidad desde el resentimiento y la diferencia?

Alguno hablará de pertenencia geográfica: el barrio tira, elijo el club que representa las calles donde nací. Bueno, pongamos como ejemplo entonces a Racing e Independiente. Supongamos que soy un niño parido en Avellaneda, que vive a dos cuadras de ambas canchas, cuyos padres son uno de Racing y uno de Independiente. ¿Qué mejor que ir a las dos canchas? ¿Qué más lindo que ver siempre a mis equipos jugar de local? Me pongo la camiseta celeste y blanca, voy a alentar. El domingo siguiente me cambio: me pongo la roja y camino hasta otro estadio que también es mío. Festejo siempre. Insuperable.

Claro, el tema de los colores es sensible. ¡Cómo te vas a poner las dos camisetas! O sos rojo o sos blanco y celeste. Otra tontería del fútbol. Como si uno no pudiera ser hincha genuino de Huracán e ir a verlo vestido de rojo y azul. ¿Qué tendrán que ver los colores con el amor? Hace poco, la cadena de supermercados Carrefour tuvo que levantar una campaña publicitaria por el día del niño en la que los varones aparecían como corredores de autos con fondo celeste y las mujeres como cocineritas con fondo rosa. Un escándalo por la generalización: ¿quién puede creer que el rosa es un color femenino y el celeste un color masculino? ¡Que los nenes se vistan de rosa, o del color que quieran, señores! ¡Y los hinchas de Huracán de azul y rojo! Sin embargo, la madre de River evita comprarle un babero azul y amarillo a su bebé. Va de retro, satán. En esto el fútbol también es conservador en extremo.

Estamos convencidos de que elegir libremente es la salida. El amor múltiple por múltiples clubes y múltiples camisetas. Incluso pensamos que quienes paladean el fútbol en esencia terminan  inevitablemente difuminando un poco su identidad de hinchas. Se enamoran más allá de los colores. Con amores fugaces e inolvidables. Como el Napoli de Sarri, que se acaba cuando Sarri se va al Chelsea, y se convierte en una suerte de ex a quien supimos querer.

Porque miran algo más trascendente. Miran cómo la pasa el 10 de este equipo o el caño que tiró el 8 de aquel. Miran cómo defiende este club o lo bien que se para aquel otro. Miran, en resumen, el juego. El hermoso juego donde hay tantas cosas por amar, y donde el odio no tiene ninguna utilidad. En esa elección sin colores son completamente libres.  Y en su libertad no molestan a nadie.

Por eso, querides amigues, les invitamos a deconstruirse. Sacúdanse el discurso hegemónico y amen lo que aman con su poliamor poliamatorio.

Ni siquiera el ultramachista, híperpatriarcal, súperarcaico y megavetusto ambiente del fútbol podrá detenerles.

 


*Artículo publicado originalmente en la revista argentina Un Caño http://revistauncanio.com.ar/

 

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