La literatura y la herencia del movimiento del 68

Abundan los textos testimoniales, pero además existe una gran cantidad de crónicas y reportajes. Existen también importantes ensayos y análisis de carácter político, sociológico e historiográfico. Es de llamar la atención que uno de los estilos más practicados haya sido el de la novela.

por Hugo Esteve Díaz/ Tribuna de Querétaro

El movimiento del 68 marcó un hito en la historia reciente de nuestro país. Ello se debió en gran parte al movimiento en sí mismo, pero sobre todo a lo que este representó y a lo que vendría a representar. Podría parecer extraño que un movimiento tan efímero haya tenido un impacto tan indeleble y trascendente en la vida política y social del México de la segunda mitad del siglo XX, si consideramos el corto periodo en que surgió, se desarrolló y se eliminó, que va del 22 de julio al 2 de octubre de 1968.

La trascendencia del Movimiento del 68 quedó trágicamente marcada con la represión y masacre del 2 de octubre en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Su significancia sería crucial en la definición de las posiciones y en las formas de lucha del estudiantado.

Por una parte, la represión llegaría a ser de tal magnitud que propiciaría el anquilosamiento de gran parte del movimiento estudiantil -sobre todo en el entonces Distrito Federal- cuya reactivación no se daría sino hasta casi tres años más tarde. Pero, por otra parte, también vendría a significar para un sector radical la evidencia de que las vías pacíficas, democráticas y legales se habían agotado, concepción que más tarde se reforzaría con un nuevo acto represivo: el Jueves de Corpus: El 10 de junio de 1971, cuya respuesta no encontraría otra vía más que la de las armas.

Liberación estilística y discursiva

Una de las principales herencias del movimiento del 68 es la que se gestaría casi desde el principio a través de la literatura. La característica fundamental de ese proceso inicial revestiría un fenómeno literario muy singular, cuyas primeras expresiones buscaron ir más allá de la simple descripción narrativa e incluso, en muchos de los casos, sin el rigor estilístico que una obra literaria exigiría.

En ese sentido, no es de extrañar que los primeros libros que se publicaran sobre el 68 fueran fundamentalmente de carácter testimonial y de denuncia, lo que evidentemente generaría una carga subjetiva que variaría dependiendo de quién lo narrara.

La reacción lógica de quienes realizaron los primeros escritos sobre el 68 se concentraba en un esfuerzo que no se limitaba a un simple ejercicio catártico, a la reflexión introspectiva o a un terco solipsismo; sino más bien como una forma de contrarrestar la enajenación ejercida a través de los medios de comunicación que difundían como verdad el discurso oficial.

De ahí que la herencia literaria del 68 empezara a gestarse no sólo de manera muy temprana, sino también de forma abundante. Un registro bibliográfico elaborado para este este ensayo permitió identificar más de 130 títulos en diversos estilos. Como bien lo apunta Gonzalo Martré en su espléndida obra al respecto, la diversidad de estilos abarca un amplio espectro literario. Abundan, como ya comentábamos, los textos testimoniales, pero además existe una gran cantidad de crónicas y reportajes.

A su vez, y aunque en menor número, existen también importantes ensayos y análisis de carácter político, sociológico e historiográfico, principalmente. Es de llamar la atención que uno de los estilos más practicados haya sido el de la novela, sobre el que se ocupa con puntualidad Gonzalo Martré. Pero existe además una importante cantidad de obras sobre poesía, fotografía e incluso algunos estudios de expresión artística, así como de análisis del discurso, de manejo de propaganda y hasta de semiótica.

No es extraño el que una de las primeras publicaciones que se dieran a conocer sobre el movimiento del 68 fuera precisamente un libelo titulado ¡El móndrigo! (1969), con el cual se pretendió hacer creer que se trataba de una especie de bitácora perteneciente a algún dirigente del Consejo Nacional de Huelga (CNH), con la absurda y ridícula intención de desprestigiar al movimiento.

Inicio testimonial

A ese temprano 1969 pertenecen también dos de los primeros escritos testimoniales de mayor relevancia: Sobre el problema estudiantil mexicano, de Gerardo Unzeta y Tiempo de hablar, con reflexiones de José Revueltas, Eduardo Valle y Raúl Álvarez Garín.

También en ese año se publicaron las crónicas de Edmundo Jardón Arzate: De la Ciudadela a Tlatelolco: el islote intocado, así como Itinerario de la rebelión juvenil, de Bárbara y John Ehrenreich. Pero tal vez la obra más importante de ese momento sea el ensayo elaborado por Ramón Ramírez: El movimiento estudiantil mexicano (1969), en dos tomos, cuya perspectiva analítica sigue vigente hasta nuestros días, lo que ha motivado que al día de hoy la obra se siga reeditando como un referente imprescindible para entender el contexto del movimiento.

No obstante, tenemos el registro de que, anterior a este, se publicó el trabajo elaborado por Daniel Cazés, Jorge Carrión, Sol Arguedas y Fernando Carmona, bajo el título: Tres culturas en agonía, el que seguramente sería el primer ensayo político sobre el movimiento del 68. La década siguiente representa un punto de eclosión para la literatura del 68. Así, el 31 de diciembre de 1970 -en el último instante del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz– se publica Días de guardar, escrito por Carlos Monsiváis.

En 1971 apareció una de las obras más emblemáticas del movimiento del 68: Los días y los años, de Luis González de Alba, uno de los principales protagonistas y dirigentes del Consejo Nacional de Huelga (CNH), en el que narra de manera novelada el devenir del movimiento estudiantil hasta los trágicos hechos de Tlatelolco.

Ese mismo año aparece otra obra emblemática del 68, pero tal vez sin la contundencia y originalidad de la antes citada; se trata de La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska: un libro elaborado a partir de una serie de entrevistas y crónicas periodísticas, que se convertiría en una lectura obligada, aunque no la más relevante, sobre el conflicto estudiantil de 1968.

Las diez mejores novelas

Es en este momento cuando se da a conocer lo que parece ser la primera novela sobre el movimiento del 68. No se trata de un parto afortunado si partimos del controvertido caso de La Plaza (1971), escrita por Luis Spota. En el mismo año de 1971 se publica Juegos de invierno, del reconocido escritor Fernando Solana, obra que bien podría disputarle a la anterior el título de ser la primera novela sobre el 68.

Al respecto, el mismo Martré nos sugiere en su magnífica obra una lista, con las diez novelas que a su juicio resultan las más recomendables -considerando que éstas serían las que mejor abarcan el amplio espectro del movimiento-, su escenario y el de sus respectivos protagonistas. En ese listado Maitré ubica en primer lugar -y en lo que coincido plenamente- la excepcional obra del notable escritor René Avilés Fabila: El gran solitario de Palacio (1977).

Se trata de una novela que en su origen tendría que ser publicada en Argentina dado el poco apoyo y el temor de las editoriales mexicanas por publicar una obra en la que de manera hábil, valiente y descarada se cuestiona por primera vez la figura del caudillo sexenal y las (sin) razones que lo llevaron a ordenar una de las masacres más ignominiosas de nuestra historia reciente.

Una obra que se desliza entre el humor y la ironía para narrar la tragedia de un movimiento que va más allá de la lamentación y la denuncia, que se convierte en un testimonio vivo y perdurable en el tiempo a través del entrecruzamiento de historias y destinos. De modo que la obra, traducida a varios idiomas, llegaría a ser considerada como la mejor novela del 68, tal y como lo atestigua Humberto Musacchio.

Algunas otras de las novelas que figuran en dicho listado son: Los símbolos trasparentes (1978), del mismo Maitré; Las muertes de Aurora (1980), de Gerardo de la Torre; El león se agazapa (1981), de Norberto Trenzo y Recuerdos vagos de un aprendiz de brujo (1983), de José Piñeiro Guzmán, por citar la primeras cinco.

En 1976 aparece la novela de David Martín del Campo, con el título de Las rojas son las carreteras: una de las diez enlistadas por Gonzalo Maitré. A ese mismo año pertenece la segunda novela de Fernando del Paso y con la que ganaría el premio Rómulo Gallegos en 1982, se trata de ‘Palinuro de México’: una obra de construcción complicada, sin argumento aparente, en la que se narra la vida de un joven estudiante de medicina -como el autor- que vive con su prima en la emblemática plaza de Santo Domingo y entre cuyas vivencias se le atraviesa el movimiento del 68.

Segunda ola temática

Será hasta los años ochenta cuando surjan nuevas novelas, como en el caso de Muertes de Aurora (1980), de Gerardo de la Torre, ya antes citada, que narra uno de los temas más inquietantes del 68: el de la vinculación de la clase trabajadora. Y a partir del cual, el autor construye la experiencia de un grupo disidente de trabajadores petroleros en la lucha estudiantil y su fatal involucramiento en la noche del 2 de octubre.

Por razones de espacio, concluimos; no sin antes reiterar que la literatura del 68 es profusa y se mantiene vigente. Lo mismo se ha publicado una cantidad importante de novelas, cuento, testimonios, crónicas y ensayos, como también poesía, guion cinematográfico y obras de teatro; producción que, además, abarca las artes visuales, en especial la fotografía. Ejemplos de lo anterior son los trabajos de Rodrigo Moya y Óscar Menéndez.

 


*Publicado originalmente en Tribuna de Querétaro

http://tribunadequeretaro.com/index.php/informacion/item/7592-la-literatura-y-la-herencia-del-movimiento-del-68

 

 

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