Sergio Bernal, un testimonio a 50 años del 2 de octubre

Por Danielopski

Sergio Bernal.

A finales de los ochenta, varios vecinos que estudiábamos en el Fray Luis de León, nos turnábamos por la mañana para ir a la escuela, una semana alguien ponía su coche, la siguiente le tocaba a alguien más. Pasaban por nosotros —por mis hermanos y por mí—, y nos trepábamos para llegar al colegio como si fuera promoción de carro sardina para entrar a un parque de diversiones.

Uno de los vecinos con los que nos turnábamos la logística matutina, que consistía en ir de Tejeda a la escuela, era con la familia Bernal. Sergio era papá de Amín y Neyip, dos compañeros que iban, el primero, tres grados arriba que yo y Neyip, tres grados abajo. No recuerdo en que carro pasaba Sergio por nosotros, lo que sí, es que me asombraba  que encendía su carro sin necesidad de usar una llave.

Por esos mismos años, quizá un poco después, principios de la década de los noventa (estoy tratando de ajustar las tuercas de la memoria que suelen ser muy precisas en mi red neuronal), mi mamá me llevó a conocer la Plaza de las Tres Culturas. Mis abuelos vivían en el edificio Vicente Guerrero, ahí, en Tlatelolco. Ella había sido ajena al movimiento estudiantil, pero la tarde del 2 de octubre de hace 50 años, la recuerda de manera especial: iba de regreso a su casa, trabajaba en Cigarrera La moderna, cuando un grupo de personas bajaron a todos los ocupantes del camión donde viajaban para incendiarlo, mi mamá caminó por toda Calzada Nonoalco hasta llegar al departamento; recuerda las bengalas en el cielo y el estruendoso ruido del tiroteo.

Yo tenía aproximadamente 10 años de edad y mi mamá me explicó lo que había sido el movimiento de 1968, me llevó a conocer el epicentro, el lugar donde sucedió la matanza: caminamos hasta la Plaza de las Tres Culturas y mi madre fungía como historiadora dándole clases a su hijo —siempre me he preguntado por qué mejor no me llevó a Chapultepec—, desde ahí comenzó en mí una curiosidad intensa por conocer los hechos de aquel movimiento.

Tlatelolco ocupa recuerdos vagos en mi estructura neuronal, el departamento de los abuelos lo recuerdo más o menos bien, más todo lo que he escuchado sobre el 2 de octubre y el sismo de 1985, hace que convierta en recuerdos a la imaginación. Una tía de mi mamá, hermana de mi abuelo, salió horas después entre los escombros del edificio Nuevo León la mañana del 19 de septiembre de 1985; hoy, la tía Rosa tiene 99 años de edad y no creo que haya una sobreviviente más longeva de aquella catástrofe.

Pienso que la memoria a veces se construye de lo que imaginamos, en épocas actuales Google me permite ir a la memoria cibernética que acrecienta esa “memoria imaginaria”. ¿Qué pasó hace 50 años en la plaza de las tres culturas? Hoy más que nunca hay un acervo de información y testimonios de aquel crimen, sin embargo nunca había escuchado una voz, una fuente primaria, un testigo directo, de lo que sucedió en Tlatelolco.

Viví mis años de infancia en Tejeda, cuando comenzaba la preparatoria me fui a vivir al centro de la ciudad; cuando acabé la universidad regresé a la misma casa donde había crecido; luego, en 2005, nuevamente de regreso al centro y años después, en el limbo de los treinta años, regresé a Tejeda. Durante la infancia,  había escuchado que Sergio, el vecino, el que nos llevaba al colegio en las mañanas, le puso el nombre de Amín a su hijo en memoria de un amigo que había caído aquel 2 de octubre, dato que yo confundía, porque Amín, el amigo de Sergio, cayó el 10 de junio de 1971 en el halconazo.

Un día de 2011, me encontré a Sergio en la tienda de la esquina de mi calle, en Tejeda, y platicamos largamente; nos hicimos amigos, nos prestábamos libros y de vez en cuando tomábamos cerveza platicando de política y literatura. Entre las charlas vinieron más recuerdos, por ejemplo, que Sergio le enseñó a mi hermano Curro, en aquellos años de los ochenta, a hacer Bonsais. Siempre que platicaba con Sergio me venía a la mente ese recuerdo de que había estado en el movimiento estudiantil de 1968, y que había estado esa tarde, la del 2 de octubre, en Tlatelolco.

La amistad con Sergio es intermitente, platicamos cada que coincidimos cuando nos encontramos en el parque o la tienda, y a veces salen esas cervezas para platicar de todo y nada a la vez. Hace unos días me lo encontré y fui directo al grano: —Sergio, quiero hacerte una entrevista sobre lo que viviste el 2 de octubre. “¿Qué quieres saber?, Danielito”, preguntó. —Pues cómo fue todo eso— dije de manera rebuscada. “Pues mira, todo comenzó cuando la vocacional número dos….” —Espera —le dije—, no traigo nada con que apuntar, deja voy por mi Iphone para grabar. Sergio me citó en su casa esa misma mañana y tuve un testimonio directo de alguien que estuvo aquella fatídica tarde del 2 de octubre de hace 50 años en la Plaza de las Tres Culturas.

Sergio me recibió, platicamos en la cocina. Hizo un recorrido por lo que fue la historia del movimiento: —Todo comenzó con el pleito entre la preparatoria Isaac Ochoterena, de la UNAM, y la vocacional 2, del poli, el 22 de julio; los granaderos intentando poner orden, invadieron la vocacional 2 y la 5, pero hicieron muchos desmanes, golpearon a profesores y estudiantes, a raíz de eso, se formó el Consejo General de Huelga, y empezó el movimiento del 68.

Sergio estudiaba en la vocacional de ingeniería, la vocacional 4 del Instituto Politécnico Nacional.

—A raíz de eso empezaron las manifestaciones, en una ocasión, en el aniversario de la revolución cubana el 26 de julio, hubo una manifestación en el Hemiciclo a Juárez. Y ahí nos dieron una felpa los granaderos, nos reprimieron.

—¿Tú estuviste ahí?

—Sí, 26 de julio, y en casi todas las manifestaciones anduve.

En aquellos días, el Che Guevara tenía menos de un año de haber sido asesinado en Bolivia, y la imagen del guerrillero ya era un emblema de los movimientos revolucionarios en el mundo.

—La tarde del 2 de octubre, ¿ahí estuviste, en Tlatelolco? —le pregunto a Sergio, quien está serio.

—Ahí estaba la vocacional 7 del politécnico, la vocacional piloto, ahí empezaron los disparos, lo de los helicópteros con las bengalas, por todos lados se oían tiros, fue algo horrible, es espantoso andar corriendo y tropezarte con la sangre, el suelo resbaladizo, muy feo —Sergio se toca la frente y aprieta los ojos.

—¿Nunca se imaginaron que eso iba a pasar?

— No. Ni por aquí nos pasó. Ahora, nosotros no estábamos armados, nada. A partir de ese día, del 2 de octubre, se extinguió el movimiento, lo acabaron. Quedamos escarmentados con la matanza que hicieron.

Pregunto sobre Amín, su amigo, aquel que yo creía que había muerto esa tarde:

—Eso fue el 10 de junio de 1971 —me corrige Sergio, le cuesta trabajo hablar —lo mataron de dos balazos en el cuello… yo estuve ahí con él, en la Normal. El halconazo fue en la Calzada Tacuba, lo que es la escuela Normal de maestros, ahí fue donde nos acorralaron los halcones y los granaderos, yo ya estaba en ingeniería.

Cuando fue la matanza de Tlatelolco, Sergio tenía 17 años: —Esa tarde del 2 de Octubre empezaron los balazos y hubo una desbandada, no sabías por dónde te estaban disparando, había soldados en los edificios de Tlatelolco, fue una confusión muy horrible, yo me escabullí por un escape de ferrocarril, en una fábrica que se llama Leviatan y Flor; esas fábricas tenían escapes de ferrocarril, luego de ahí me fui a ver a mi novia, mi esposa actualmente, estaba yo todo golpeado y dije, se va a espantar. Esa noche, quería ir a verla, pasó su hermano y me vio todo golpeado, y mejor me fui a mi casa. Mi padre estaba muy preocupado, él daba clases en el poli, era ingeniero también,  me dijo “dónde te andas metiendo”; yo era jefe de grupo, me dio una regañiza, “te van a matar, no sabes… esos gorilas no respetan nada”, pero seguí yendo, hasta el 10 de junio, en el 71.

—Ahí es lo de Amín.

—Ajá. Lo dejé en la enfermería. Me lo llevé casi cargando, ahí lo dejé, nada más le quité las credenciales y los Delicados sin filtro, ahí los tengo todavía todos llenos de sangre. No supe que sería de él.

Por su amigo, fue que le puso Amín a su hijo mayor, aquel que recuerdo del colegio, tres años mayor que yo. Sergio ya no supo nada de su amigo, era compañero de salón, eran otras épocas, no conocía a su familia.

—Quién sabe a dónde lo han de haber llevado, a la morgue, lo han de haber quemado, había las versiones de que luego los aventaban al mar, o se los llevaban al campo militar número 1, y ahí los desaparecían o los quemaban. Los mataban y los incineraban.

De aquellos años de infancia que viví en Tejeda, recuerdo a su esposa, la señora Maru, la cual recuerdo en misa los domingos en la iglesia de Tejeda; le pregunto a Sergio si ella estuvo en el movimiento:

—No. No estaba, en ese tiempo ella estudiaba trabajo social, pero no, no se mezcló para nada con eso. Ese 2 de octubre, su papá, mi suegro, trabajaba en Relaciones Exteriores ahí en Tlatelolco, y habló a la casa de Maru Eugenia (su esposa): “no salgan que aquí hay un tiroteo, no vayan a salir para nada”, les dijo. Yo andaba por ahí, y su papá, se había quedado encerrado en las oficinas de Relaciones Exteriores, quién sabe hasta qué hora llegaría  a su casa.

Es notorio que a Sergio no le gusta hablar de eso. Me siento imprudente, pero Sergio sigue hablando:

—Hubo varias manifestaciones, la marcha del silencio, con el rector Barros Sierra a la cabeza. Hubo otra marcha del Casco de Santo Tomás al Zócalo —dice Sergio mirando la mesa que está en su cocina.

—El movimiento fue creciendo, ¿qué era lo que pedían?

—Como estudiantes no teníamos ninguna convicción, lo único que pedíamos era libertad de expresión, pero a decir verdad, el movimiento no tenía ninguna convicción, no se peleaba por un cierto ideal, simplemente queríamos que se nos escuchara, y protestar contra la violencia de los granaderos, de los golpes que les dieron a los profesores y a los alumnos, eso era todo, pero siguieron las manifestaciones y nos siguieron reprimiendo, entonces seguíamos protestando por la violencia, ya al final se pedía la destitución de Cueto, que era el jefe de la policía, y Cerecero; se pedía que desapareciera el batallón de granaderos por salvajes, eran las peticiones prioritarias.

—¿No había una influencia del comunismo ruso?

—No. El mismo gobierno, incluso en las memorias de Díaz Ordaz, confesó que mandó gente a infiltrarse con nosotros para provocar desmanes, para que se le echara la culpa a los estudiantes, pero era gente que mando el gobierno y se infiltró con nosotros y empezaron a vandalizar, a romper vitrinas, comercios.

—Para desacreditar el movimiento.

—Así es. El mismo Díaz Ordaz en sus memorias escribió: “llevamos infiltrados y sí, lo confieso”.

—¿Hubo gente con la que ya nunca tuviste ningún contacto?

Me acuerdo que en mi grupo éramos como 60 y regresamos como 20 nada más. Ya no los volví a ver nunca.

Sergio estuvo ahí, en dos de los crímenes más cobardes perpetrados por el estado mexicano. A Sergio no le gusta hablar de esto, se le quiebra la voz, se hacen silencios en la cocina de su casa; volteo hacia su jardín y ahí, Sergio tiene un pequeño taller, muy lindo, con mucha herramienta en la pared; tiene un estanque para peces, un asador que usó apenas el día anterior para hacer carne y ver el América vs Chivas.

—¿Qué relación había del 2 de octubre, hasta lo que siguió el 10 de junio? ¿Era parte de lo mismo?

—El 2 de octubre con la matanza de Tlatelolco se terminó el movimiento.  Se acabó de tajo. El 10 de junio fue una manifestación en la Normal, donde se pedía la liberación de los presos del 68, porque había varios presos políticos que estaban encarcelados, Heberto Castillo uno de ellos. Había varios presos políticos que estaban en Lecumberri. Era cuando estaba Alfonso Martínez Domínguez como regente de la ciudad.

Sergio nunca había hablado de esto para un medio de comunicación. Años atrás, la hija del dueño de una farmacia en Tejeda lo buscó para un trabajo escolar: —me entrevistaron y en la grabación se escuchan los ladridos del perro —sonríe—, de mí schnauzer gigante que tenía.

—¿Qué piensas ahorita que se cumplen 50 años? ¿Qué sientes? —le pregunto ya casi para terminar.

Sergio es tajante: —No sé, parece que no fue cierto. No se ganó nada. Hay impunidad, ratas como Duarte. 9 años y 50 mil pesos (la condena que le dieron), es una burla, y todo lo que se robó y tantas propiedades que tienen él y su esposa. Según decía el abogado que quizá salga en dos años. Le hubieran metido un balazo mejor.

—¿Te consideras afortunado?

—Con que no me haya pasado nada salí ganando, totalmente. No me gusta acordarme de esto, me da coraje, no tener ni una resortera con que defenderse, y aquellos con las ametralladoras barriendo los matorrales; en los árboles de pingüica, los soldados con ametralladoras, nada más se oía el traqueteo, muchos se metían ahí entre los matorrales y ahí los mataban, yo tuve suerte.

Platicamos del ambiente político que se vivía en esos años. —El hijo de Rosario Ibarra de Piedra nunca apareció —me dice—, se le relacionó con la Liga 23 de Septiembre. Sergio cree que lo que pasó el 2 de octubre también tuvo que ver con las olimpiadas que comenzarían 10 días después, tenían que ordenar al país como fuera.

Sergio y yo nos levantamos, le agradezco la entrevista, le tomo unas fotos, me enseña su taller y su estanque de peces. Su jardín tiene un pequeño desnivel, ahí toma forma el cerro que se cubrió de casas. Al salir me dice: —no te dije, pero lo peor que me tocó ver fue por el cine Tlatelolco, un soldado disparando a una coladera donde había dos estudiantes, eso no se hace… Sergio respira profundo, se aguanta las ganas de llorar.

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