Lydia Cacho: Ciudadana y periodista

La escritora, activista y feminista, charla con Casa Tabachín sobre su nuevo libro ‘#EllosHablan’, el feminismo en México, su compromiso periodístico y lo que viene para ella luego del dictamen emitido por la ONU en el que el fallo fue a su favor y en contra del Estado mexicano

Texto: Juan José Rojas

Fotos: Gustavo González

La escritora y periodista, Lydia Cacho, a su lado, el autor queretano, Daniel Muñoz Vega ‘Danielopski’.

“En términos teóricos y prácticos, el feminismo ha triunfado”, le dice Lydia Cacho a Javier Moreno –y a todo el público- en el Teatro de la Ciudad. Es el primer día de actividades del Hay Festival y los temas, siempre contemporáneos -casi siempre actuales- están en la discusión. Cacho presenta su libro #EllosHablan y propone, mediante extensas y profundas entrevistas, visibilizar cómo el machismo también ha afectado a los hombres.

“Ha logrado plantear las perspectivas, cómo viven los hombres, entonces ha triunfado (el feminismo) porque hay mucha teoría detrás, pero se ha quedado en una línea de flotación que se relaciona con la academia. Hace 25 años las redacciones eran increíblemente machistas”, recuerda.

A esto, el director de El País en América, Javier Moreno, añade que #EllosHablan aparece en un momento en que hay un cambio de posición en la fuerza de la mujer. “Nos ayuda a gestionar y superar el terrible problema de la violencia milenaria contra las mujeres. El libro se concentra en una revolución con consecuencias duraderas, profundas y para bien”, señala Moreno.

En medio de la charla, a la que el público atiende con interés, Cacho toma la palabra; sin embargo, su eco no resuena en el teatro. Una falla en el micrófono –de esas imprevisibles y, a veces, incomodas- orilla a recordar un desdoblamiento en la vida de la periodista: “¡’Gober’ precioso, deje el micrófono!”.

La presentación del libro, que da una visión panorámica y, desde el método, distinta de ver el feminismo, combate precisamente contra las corrientes conservadoras que defiende el biologismo y que aprovecha cada instante para desacreditar los avances científicos.

Por eso mismo, Cacho le dice al público –y a Moreno- que el feminismo no puede anclarse a la filosofía: “El equilibrio está en aterrizar toda esa teoría y conversar con la gente para llevar el diálogo a si de verdad se cree todavía que la violencia es un ejercicio”. Por ende, qué es #EllosHablan, si no búsquedas colectivas, mismas que la periodista ha fortalecido a partir de su probada habilidad de entrevistadora.

Más tarde, Lydia Cacho participa en la conversación Nosotras también: sobre la campaña #MeToo junto a Wenceslao Bruciaga, María Hesse y Gabriela Jauregui. Al día siguiente, la autora de Los demonios del Edén charla con la primera mujer musulmana en recibir el Premio Nobel de la Paz, Shirin Ebadi, abogada iraní experta en derechos humanos. Ambas con asuntos pendientes y cosas en común: activistas, trabajadoras y, bajo la presión de su trabajo, amenazadas.

Es hasta la tarde del sábado, después de su apretada agenda, que nos encontramos con Lydia Cacho, en apariencia exhausta, pero sin dejar de lado su noble amabilidad. La autora de Esclavas del poder tiene una personalidad fuerte, una veintena de libros, la mayoría de investigación periodística -una que otra de sus publicaciones me recuerda al maestro del disfraz, Günter Wallraff, periodista alemán especializado en investigación- y muchos temas por abordar, aún le queda presentar el primer capítulo (estreno en la cineteca de Querétaro) de su miniserie Somos valientes.

Contrario a muchas de las entrevistas que he realizado a escritores, periodistas, artistas en general, Cacho mantiene la mirada firme, como si cuidase cada una tus palabras, cruza las piernas, brazos en el aire, asiente con la mirada, algunas veces sonríe, suspira y se acomoda el cabello.

En su crónica Código rojo, la periodista Laura Castellanos reseña pasajes de la infancia de Cacho, mismos tramos de su vida que, dicho sea de paso, permearon la personalidad de Lydia: Una madre “psicóloga y sexóloga francesa, liberal y feminista”, un padre “ingeniero de formación rígida” y una escuela sumergida en el liberalismo como el Colegio de Madrid.

Nacida en la Ciudad de México, Lydia Cacho se mudó muy joven a Cancún para seguir su vocación de periodista, ahí fundó la primera revista feminista del estado de Quintana Roo Esta boca es mía: apuntes de equidad de género. “Ser activista es ser ciudadana, y ser periodista es mi profesión”, le dice Lydia a Castellanos.

Es así como, luego de años de militancia feminista, Cacho indaga en la psique de los hombres como una forma de abordar el problema del machismo en México. Más allá de las interpretaciones que el lector pueda darle a #EllosHablan, ¿cuál fue el objetivo principal de Lydia Cacho con el libro? Le pregunto.

—Mi objetivo era darles voz a los hombres, que pudiera acompañarlos desde una reflexión y un análisis profundo sobre cómo en su niñez se fue construyendo la noción de las masculinidad y el machismo en su vidas y cómo les afecta o no, esa fue la pregunta esencial para todos. Y ya cada uno de los entrevistados fue haciendo una revisión de sus vivencias tanto emocionales como vitales, cómo se construye la personalidad de un hombre, cuándo es capaz o no de revisar su niñez. Y cómo en esa niñez hay ciertos impactos culturales, emocionales y sociales, que le van forzando convertirse en alguien que no quiere ser.

—Según Émile Durkheim, todo nos determina, somos seres subjetivados por algo, situaciones, contextos… en ese sentido, ¿cuál será el principal efecto que encontramos tan arraigados en el machismo mexicano? Siendo que sí hay registros y niveles más altos en comparación a otros países.

—Mira, tiene que ver con muchos aspectos, por eso es tan diverso el universo de hombres entrevistados, que va desde el intelectual más cultivado, que tiene dominio absoluto sobre su vida y el conocimiento de la masculinidad, y cuando lees su texto te das cuenta que hay una serie de heridas de la niñez que ni siquiera había visto y que no es capaz de explicar con tanta claridad. Me parece que es importantísimo que puedan abrirse esos espacios en que los hombres se revisen y se miren a sí mismos, pero que también se atrevan a mirar sus padres por quienes son, sin terminar siempre con el argumentó justificativo de “sí me maltrató, sí me golpeó, sí me humilló, pero eso me hizo mejor persona”… A nadie absolutamente lo hace mejor persona que le ejerzan violencia sobre él o ella. Pero es parte del discurso machista, funciona como anillos, van poniendo anillos sobre el alrededor que tiene que ver con esto que tú mencionas: el entorno fortalece y refuerza sistemáticamente todos los argumentos para que funcione perfectamente. Si un hombre que tiene 13 años dice “yo no estoy listo para tener sexo”, pero todos los niños de la escuela los han forzado a que tengan sexo con alguna chica de la escuela, lo están forzando y le dicen marica, hay un golpe de exclusión inicial en un momento muy delicado porque justamente es la edad en que se está conformando la personalidad de un niño, cuando tú estás conformando tu personalidad, no solo tu estructura psíquica, sino también emocional, y vinculándolas, todos estos golpes machistas, como niño varón que se dan de la infancia, lo que hacen es que fragmenta. Cuando tú estás fragmentado es más difícil entender el entorno machista de los hombres de poder, te está haciendo daño, esa es una de las esencias reflexivas que necesitan tener los hombres; muchas de las mujeres les hemos acompañado hacer esa reflexión, pero les toca a ustedes -a ellos- realizarla.

—Tenemos claro que es un sistema de poder, tú mencionas algo interesante, que son las tránsfugas políticas, el cómo se ha fortalecido el machismo de este modo, desde la mujeres en la política, que permiten y reproducen el machismo, Beatriz Paredes, por ejemplo…

—Claro, sí. Las mujeres que elegimos desde siempre no acceder a las fórmulas de liderazgo convencional o de poder convencional a través del machismo, como yo, claro que hemos pagado carísimo el costo, yo ahorita podría ser la columnista mejor pagada de El Universal –o de cualquier otro periódico si no quieres decir El Universal de donde me sacaron por petición política- si yo me hubiera sumado a ciertas reglas del poder político periodístico, que tiene que ver con la corrupción. Elegí no hacerlo y eso tiene un costo económico enorme para mí, pero yo tomé esa decisión, es una decisión que todo el tiempo estamos tomando hombres y mujeres: quieres o no entrar al poder político o a cualquier liderazgo, empresarial, educativo, de cualquier índole, reproduciendo el modelo machista, que se vincula con el modelo hembrista, tienes toda esta narrativa, por otro lado, que fortalece la televisión, el cine, en algunos casos la literatura, en la que las mujeres empoderadas son siempre putas, todas las mujeres –por ejemplo de las series de Epigmenio Ibarra- son mujeres que todo lo obtienen a través del sexo y la manipulación. Esa es la manipulación más hembrista y machista que existe. Además es falsa, porque habemos millones de mujeres que nos hemos ganado nuestra credibilidad, tenemos carreras serias, formales, sin haber utilizado a un solo hombre y a una sola mujer, y sin utilizar nuestra sexualidad para llegar al poder, pero también nos ha costado lo doble o lo triple.

—Estamos ante una reconfiguración social, la vivimos como hombres, y me surge una duda luego de mirar la conferencia del filósofo argentino, Luciano Lutereau, en la que explica que “el verdadero misógino de nuestro tiempo es el varón feminista, el varón que se declara feminista, porque es el varón que cree que puede pensar como una mujer”. ¿Qué opinas de esta teoría?

—Mira, depende en gran medida que se entienda por feminismo, abres Wikipedia y te puedes encontrar cualquier cantidad de definiciones de feminismo; sin embargo, hay algo que es innegable: el feminismo como parte de las ciencias sociales y el desarrollo de lo filosófico de la antropología social, lo que hace es desarrollar un corpus filosófico de pensamiento que nos permite analizar el mundo con perspectiva de género, es decir, hay una filosofía detrás del feminismo. Y si un hombre es capaz de decir: “Yo me sumo a esta filosofía en la que soy capaz de mirar la vida y el actuar del hombre varón, sea cual sea su forma de vida erótica y sexual, y su correlación con otros hombres y mujeres, si yo soy capaz de mirarlo con perspectiva de género, soy feminista”, está ejerciendo el feminismo. Es lo que quisieron hacer las feministas, es lo que quisieron hacer mis abuelas y bisabuelas, mi madre que era una feminista que estudió con Simone de Beauvoir, era el sueño… el feminismo no es un coto de las mujeres ni para las mujeres, es el sueño de la filosofía de la igualdad o de la equidad; de la igualdad en términos políticos y de la equidad en términos sociales, entonces que un hombre diga “yo soy feminista porque soy capaz de revisarme a mí mismo, revisar cómo me construí como hombre, cómo me forzaron a construirme como macho, cómo las mujeres viven el hembrismo, o cómo viven su feminismo”, a mí me parece maravilloso.

Lydia Cacho tuvo su primera amenaza de muerte en 2003, luego de que una víctima del empresario libanés Jean Succar Kuri la contactara para empezar un trabajo periodístico sobre una mafia de tráfico sexual infantil en Cancún. La investigación culminó con la publicación de Los demonios del Edén en 2005, obra en la que aparecen involucrados Miguel Ángel Yunes, quien era subsecretario de Seguridad Pública, y Emilio Gamboa, exlegislador del PRI. Además de la aparición del nombre de Kamel Nacif, quien la demandó y, con ayuda de Mario Marín (entonces gobernador de Puebla, después conocido como el “Gober precioso”), empezó una persecución en contra de la periodista.

“Lydia Cacho vive en código rojo permanente”, escribió Castellanos. Sin embargo, a 13 años del caso, el pasado 2 de agosto, El Comité de Derechos Humanos (CDH) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) afirmó que existieron una serie de violaciones a los derechos humanos de la periodista Lydia Cacho y que, pese a esto, no se la ha hecho justicia en México.

Con ello, el caso de la feminista es el primero en el que a una mujer periodista se le resuelve en el sistema universal de derechos humanos de la ONU. Jan Jarab, representante de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, explicó que las dimensiones en las que se desarrolló el caso de la periodista van desde la “tortura; investigación de intimidación de castigo; violencia de género, discriminación a las mujeres; detención arbitraria de la libertad; evidentemente la libertad de expresión, la violencia contra periodistas e impunidad, como el denominador común de muchos derechos humanos en México y la colusión de poderes”.

Uno de los protagonistas de estos delitos fue José Montaño Quiroz sentenciado a seis años de prisión por tortura. En octubre de 2014 se presenta el caso de Lydia en Ginebra y en octubre de 2017 sentencian al policía. Es así que el Comité concluye que el Estado mexicano tiene la obligación de proporcionar a Lydia un recurso efectivo que la plataforma Animal Político enumera de la siguiente forma:

  • Una investigación imparcial, pronta y exhaustiva sobre los hechos denunciados por Lydia.
  • Procesar, juzgar y castigar con penas adecuadas a las personas halladas responsable de las violaciones cometidas.
  • Ofrecer compensación adecuada a Lydia Cacho.
  • Adoptar medidas necesarias para evitar que se cometan violaciones semejantes en el futuro, garantizando que todos los periodistas y defensores de derechos humanos puedan ejercer su derecho a la libertad de expresión en sus actividades, incluso mediante la despenalización de los delitos de difamación y calumnia en todas las entidades federativas.

El Comité señala que “desea recibir en un plazo de 180 días información sobre las medidas que haya adoptado para aplicar el dictamen”. Lydia nos habla de esto, conmovida y con una evidente calma; sin embargo, se mantiene atenta a lo que viene, a los fantasmas que renacerán, aunque, como recuerda en Memorias de una infamia, no le podrán negar la existencia de esta historia, ni arrebatarle la voz y la palabra.

— ¿Cuáles son tus sensaciones con el dictamen de la ONU?

—En cuanto nos dieron la noticia, a pesar de que yo sabía que íbamos a ganar, estaba segura, porque la evidencia jurídica que habíamos entregado es enorme, en cuanto recibí la noticia, yo estaba en casa y lo primero que hice fue ponerme a llorar, no paraba de llorar eh, lloré porque necesitaba que llegara la noticia…

Por primera vez en la conversación, Lydia voltea la mirada, guarda silencio unos segundos antes de continuar hablando, parece que se le quiebra la voz, respira, levanta el rostro y, de nuevo, me mira fijamente.

—Lloré porque hacía falta que reconocieran desde Ginebra, desde tan lejos, que la realidad existe, que lo que sucedió fue verdad, a pesar de que llevo treces años diciendo y demostrando que eso sucedió. Lloré porque me permitió hacer un cierre emocional con respecto a la tortura, que llevo años en terapia, ya hice ese cierre, justamente sucedió dos semanas después de que sentenciaron al jefe policíaco que me torturó, al que más daño físico y psicológico me hizo, primero lloré, después me emocioné, hablé con mis abogadas y abogados. Estoy en una parte del proceso emocional en el que me trato de colocar otra vez como la reportera que está documentado su propio caso para poder sobrevivir emocionalmente a lo que viene, porque ya tuvimos las primeras reuniones y están abriendo expedientes, qué significa todo esto, que otra vez me voy a enfrentar a las mafias en el poder, ya tengo otra vez amenazas, ya salieron a tratar de desprestigiarme utilizando algunas víctimas, y que van a seguir haciéndolo, tengo que estar preparada para eso. Mientras hago mi trabajo, que es lo que me gusta, disfruto mi vida privada, mi vida emocional, mi vida amorosa y de pronto, otra vez, viene la persecución mía hacia las mafias y de las mafias hacia mí, entonces tengo que estar preparada para eso.

Y sonríe.

 

 


*Juan José Rojas es periodista egresado de la Universidad Autónoma de Querétaro. Fundó el sumplemento cultural Voz Zero, hoy Revista Saltapatrás. Estudió en la Universidad de Buenos Aires (UBA) ‘El uso del yo en la crónica’ y ha colaborado con diversos medios escritos, como las Revista Un Caño, de Argentina, Tribuna de Querétaro, AM de Querétaro, Apuntes de Rabona. Es cronista, editor, tallerista y docente. Ha entrevistado y presentado libros de diversos escritores locales, nacionales e internacionales.

 

*Gustavo González es fotógrafo y periodista egresado de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se ha especializado en el trabajo urbano, movimientos sociales y retratos. Sus fotografías han sido retomadas por artistas y escritores para distintos perfiles. Actualmente trabaja en una agencia de turismo en Playa del Carmen, donde su obra ha sido bien recibida por la crítica.

 

 

 

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